A Bárbara, la madre de Henry, nunca le caí bien. Pensaba que yo no era una buena influencia para su hijo. Yo fui quien le introdujo en el mundo de los “temidos” Beatles. No personalmente, sino sencillamente en el mundo de su música y sus ideas. Para ella fue algo así como si al yo pronunciar las palabras “John, Paul, George y Ringo”, Henry empezó a cambiar la voz, sus resultados académicos cayeron en picado, le salió vello púbico y encendió un pitillo por primera vez. El día anterior era un chico limpio que siempre venía a casa a darse un baño. Bastaron dos horas en su habitación escuchando Help y A Hard Day’s Night para convertirse en un adolescente hombre lobo que firmaba con el nombre de “Henry yeah, yeah, yeah”. Pero no fue nada de todo eso, de verdad. En cierta manera, los Beatles fueron los dobles de nuestra juventud y Bárbara se salvó de las consecuencias.
Ambos crecimos en Liverpool a finales de los 70, principios de los 80. Mathew Street era una serie de punks rabiosos. Grupos como The Stranglers, Sham 69, y Generation X tocaban en el local de Eric. Jóvenes un poco más mayores que nosotros llevaban demasiada gomina, se escupían y saltaban y chocaban entre ellos en la pista de baile. Habían convertido The Cavern en un aparcamiento, Henry y yo nos conformábamos con bailar con la música de fondo de Saw Her Standing There” con la hermana de Henry en su habitación, cuando nos dejaba. Cuando no nos dejaba, nos pasábamos el tiempo ojeando discos de los Beatles, matando el tiempo viendo las sanas imágenes de Paul McCartney.
Los Beatles cimentaron nuestro amor por las buenas canciones y buscábamos baladas y a los autores del momento. En el cine del barrio proyectaban “Quadrophenia” y nosotros preferíamos quedarnos en casa e ir a ver al cantante de jazz de Neil Diamond, unas semanas después.
La adolescencia es una época dura, penosa a veces, toda una experiencia para todos; pero estoy contento de haber tenido a los Beatles. Éramos de Liverpool y para asombro nuestro, ellos también lo eran. El Penny Lane y Strawberry Fields que todos cantaban también eran nuestros. Seguimos sus pasos e iluminaron nuestros paisajes urbanos, haciéndonos sentir satisfechos de ser de donde éramos. La música era como el diario que uno encuentra en una buhardilla. Nuestra juventud fue una experiencia que compartimos con ellos. Éramos poco conscientes de que miles de jóvenes por todo el mundo hacían lo mismo.
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